Karl Lagerfeld, un toque de humor otro de descaro

Por William Cruz Bermeo

Aprovisionarse de talentos provenientes de todo el mundo ha sido una de las fortalezas de la industria de la moda parisina para mantener su vigencia, y esto no era menos cierto en los años cincuenta. Corría 1954, cuando un joven de 21 años y originario de Hamburgo participó en el concurso del Secretariado Internacional de la Lana, en París. Su nombre era Karl Lagerfeld y resultó ganador en la categoría abrigos. Sería apenas el comienzo de una carrera de vertiginoso ascenso y prologada extensión, duraría cerca de 65 años.

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Karl Lagerfeld publicita acatar  las normas de seguridad en la vía. 2008.

Políglota y de compleja personalidad: «soy tres personas. Cuando hablo en inglés soy uno; cuando peroro en alemán, otro, y un tercero si me expreso en francés»[i]. Por ello era incapaz de traducir lo que él mismo había escrito originalmente en un determinado idioma, según dijo en entrevista para DW Tv[ii]. Pero quizás esa facilidad plurilingüe radicaba su capacidad para domina los distintos lenguajes estilísticos de las casas de moda para las que diseñó y los múltiples proyectos en que se involucró: «Tengo tres trabajos: la moda, la fotografía y los libros, todos me inspiran»[iii].

De un lado Fendi, Chanel, más su propia firma homónima. Del otro, la edición y el coleccionismo de libros; se declaraba un adicto al papel y, más importante aún, un ávido lector que no leía para hablar de lo leído porque detestaba las conversaciones eruditas[iv]. Y, la fotografía, un oficio al que llegó en los años ochenta como necesidad de la casa Chanel pero que se convirtió para él en un medio de expresión de sus distintos intereses visuales, como la arquitectura, la moda y la imagen masculina. Las fotografías le gustaban «porque evocan un mundo imposible de reproducir, un estado desaparecido para siempre»[v].

Y aunque detestaba las conversaciones eruditas, sus declaraciones irradiaban esa erudición que resplandece en las palabras de quien… (continuar leyendo)

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Karl Lagerfeld a sus 21 años posa junto a su diseño presentado en el concurso del Secretariado Internacional de la Lana. París, 1954. © Getty Images.

¿Chanel en Medellín?

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Vestido creado por Jean Patou, en crespón de china, estampado por la firma Bianchini y complementado con una pava también firmada por Patou. Vogue, París, mayo de 1928. Foto: Archivo en línea de la Biblioteca Nacional de Francia.

Por William Cruz Bermeo

[JULIO, 1928] Por primera vez la revista femenina de Medellín Letras y Encajes, utiliza fotografías, en lugar de figurines, para ambientar su sección de moda llamada “Elegancias”. Fue esta misma imagen, realizada por el célebre fotógrafo George Hoyningen-Huene para Vogue París y publicada en su edición de mayo de 1928. Tan solo dos meses después, en julio, y en una era de velocidades de comunicación incomparables a las de hoy, Letras y Encajes la tomó para sus páginas, describiéndola como un “traje de Chanel en chifon estampado”. En realidad, era un vestido creado por Jean Patou, en crespón de china y estampado por la firma Bianchini, complementado con una pava también firmada por Patou. ¿Por qué atribuir este diseño a Chanel o cambiar su nombre? ¿Fue simplemente un error? ¿O cabe suponer que se debió al nombre mismo de la diseñadora que, para el periodo entreguerras, era una de las más afamadas de la moda internacional? Así el nombre de Chanel hizo su primera aparición impresa en Medellín, en Letras y Encajes, aunque le fuera erróneamente adjudicado un modelo cuya autoría no le correspondía. De enterarse mademoiselle Chanel, no creo que se hubiera molestado, a la hora de la verdad le daba más relevancia a la promoción de su nombre e imagen que a sus productos, los cuales le halagaba que se los copiaran.

China a través del espejo

La actriz Anna May Wong. Por Edward Steichen. Vanity Fair, 1931.

La actriz Anna May Wong. Por Edward Steichen. Vanity Fair, 1931.

Las influencias concretas del arte y la cultura china suelen disolverse entre las distintas corrientes orientalistas que repetidas veces han atravesado la historia de la moda occidental. Como ejemplo de esa disolución, cabe recordar la anotación que hacíamos en una entrada anterior, cuando referimos que hacia el siglo XIX se diseñaron y bordaron patrones florales chino-japoneses, donde el potencial estético de ambas culturas se fusionaba en una sola imagen evocadora de Oriente. Por corriente orientalista, se entiende la pasión que Occidente ha cultivado, desde siglos atrás, respecto a la estética de los pueblos del oriente medio y lejano, incorporándola a sus artes decorativas y, evidentemente, a su moda.

Sin embargo, dicha pasión ha sido politizada, especialmente a partir de 1978 cuando Edward W. Said lanzó su revelador libro Orientalismo, el cual constituye una crítica a la visión de Occidente sobre Oriente; por considerar que el primero ha utilizado la cultura de aquéllos pueblos como una suerte de chivo expiatorio de sus propios deseos, cohibidos en parte por una moral pacata; diríamos, típicamente victoriana. De este modo, el erotismo, la sensualidad y cierto desenfreno invaden el imaginario que la cultura Occidental ha construido frente a Oriente, viendo en éste último una posibilidad de realización de sus propios deseos más indecibles, los cuales materializa en representaciones como las del arte, el cine, la literatura y la moda. Continuar leyendo…